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Optimismo y Pesimismo en la Economía de la Innovación

Jueves 15 de marzo de 2007, por Claudio Katz

Resumen: El artículo describe como se reflejan las ideas dinamizadoras y estancacionistas del cambio tecnológico, en las principales escuelas del pensamiento económico. Sostiene que el optimismo neoclásico y keynesiano se nutre de una visión fetichista de la tecnología, basada en la mistificación del capital. Opina que el pesimismo neo-keynesiano desconoce que los grandes monopolios continúan sometidos a la compulsión competitiva, y no pueden frenar la innovación para preservar sus ganancias. Se rechaza caracterizar al beneficio, como una condición insoslayable del cambio tecnológico. Destaca las contradicciones que oponen la optimización técnica con la maximización de las ganancias. Explica porqué el enfoque marxista realza la importancia del proceso de valorización en la innovación, y en qué medida la tendencia decreciente de la tasa de ganancia determina el caracter convulsivo del cambio tecnológico en el capitalismo. Se discuten las objeciones neoricardianas a este principio, y se analiza como incide el proceso innovador, en las crisis de valorización y realización. Se concluye proponiendo la emancipación de la tecnología del capital.

Optimismo y Pesimismo en la Economía de la Innovación

Claudio Katz

Fuente: http://www.lahaine.org/katz/

Como se reflejan las ideas dinamizadoras y estancacionistas del cambio tecnológico, en las
principales escuelas del pensamiento económico.Sostiene que el optimismo neoclásico y
keynesiano se nutre de una visión fetichista de la tecnología, basada en la mistificación del
capital. Opina que el pesimismo neo-keynesiano desconoce que los grandes monopolios
continúan sometidos a la compulsión competitiva, y no pueden frenar la innovación para
preservar sus ganancias. Se rechaza caracterizar al beneficio, como una condición
insoslayable del cambio tecnológico. Destaca las contradicciones que oponen la
optimización técnica con la maximización de las ganancias. Explica porqué el enfoque
marxista realza la importancia del proceso de valorización en la innovación, y en qué
medida la tendencia decreciente de la tasa de ganancia determina el caracter convulsivo del
cambio tecnológico en el capitalismo. Se discuten las objeciones neoricardianas a este
principio, y se analiza como incide el proceso innovador, en las crisis de valorización y
realización. Se concluye proponiendo la emancipación de la tecnología del capital. Existe
una clara división entre optimistas y pesimistas del cambio tecnológico.

Esta fractura recorre internamente a las distintas escuelas de la innovación, y ha seguido el
ánimo prevaleciente entre los economistas, en las últimas décadas. Kaldor ha inspirado la
visión optimista. Sostiene que el ímpetu de la innovación es una característica del
capitalismo contemporáneo. Considera que el crecimiento continuo y la proximidad con el
pleno empleo han sido efectos del "dinamismo técnico" en todas las economías
desarrolladas, luego de la crisis del 30. Para Kaldor existe una "función de progreso
técnico", que estabilizaría la inversión en el capitalismo maduro, permitiendo superar la
eventual estrechez de los mercados. Una redistribución más equitativa del ingreso habría
permitido ademas, sortear otros obstáculos que encontró la acumulación en el siglo XIX. La
"función de progreso técnico" atenuaría los desequilibrios del crecimiento. Kaldor
interpreta ademas, que el "progreso técnico endógeno" es un proceso económico interior a
las empresas, que dinamizaría el desarrollo. Por eso defiende el principio de los
rendimientos crecientes, como un rasgo del capitalismo contemporáneo. .

Durante el "boom" de la posguerra, diversos autores de la "síntesis" neoclásico-keynesiana,
compartieron esta concepción de la pujanza tecnológica. La incorporación al nuevo
análisis, que relativizaba los problemas del sobre-ahorro, la sub-inversión, y la caída de la
inversión autónoma. Para los neoclásicos ortodoxos como Solow , el optimismo era una
simple consecuencia de la interpretación del "progreso técnico", como un fenómeno
"neutral y exógeno". En una economía guiada por la "mano invisble", la competencia
perfecta, y la información transparente, las innovaciones debían actuar como invariables
impulsoras del crecimiento. Aparecerían cuando son requeridas, y adoptarían la forma que
reclama el "equilibrio de los factores".

La variante neoclásica endogenista de Romer también comparte el optimista tecnológico.

Pero fundamenta esta confianza, en el papel corrector de las anomalías del capitalismo, que
cumpliría el "factor educativo". Al menos en los países desarrollados, el desenvolvimiento
del "capital humano" siempre aseguraría el progreso técnico.

El optimismo tecnológico también predomina entre los economistas evolucionistas,
poskeynesianos, y neoshumpeterianos actuales. Existe sin embargo, una gran diversidad de
opiniones intermedias, entre los entusiastas y los cautelosos. En el primer sector se ubican
autores como Rosenberg , que aplauden la restauración de la competencia innovadora en las
últimas décadas, mientras que otros teóricos como Hodgson , son mucho más moderados.
Rehabilitan teóricamente el esquema kaldoriano de la "función de progreso técnico", pero
destacando los desequilibrios de su desenvolvimiento. También Dosi es ciudadoso en la
evaluación del proceso innovador actual, y critica ácidamente la superficialidad neoclásica.
Igualmente sitúa todos los conflictos del cambio tecnológico, en un patrón general de
crecimiento. Las manifiestaciones de optimismo vulgar, tienen su mayor eco en la
futurología periodística que se ha generado, en torno a las nuevas tecnologías de la
información.
El pesimismo tecnológico contemporáneo se nutre teóricamente del estancacionismo
keynesiano. Surgió con la crisis del 30, se desarrolló en la pos-guerra, y tuvo un pico de
predicamento en 1970-80. Según Mattick el propio Keynes fue el promotor de una visión
muy escéptica del capitalismo maduro, al presentarlo como un sistema agobiado por la
sobreacumulación estructural y el desaliento de la inversión. En ausencia de una
intervención estatal compensatoria, el progreso técnico se debilitaría inexorablemente.

Hansen conceptualizó este enfoque, señalando que la disminución de las innovaciones, y el
decrecimiento de la población derivarían en una tendencia al estancamiento secular. Estimó
que toda nueva tecnología sería "ahorradora de capital", y desalentadora de la inversión.
Hansen supuso que la etapa de innovaciones multiplicadoras de la actividad económica,
como el ferrocaril o el automovil, estaba definitivamente agotada.

Steindl atribuyó la tendencia al estancamiento al monopolio. Consideró que las grandes
corporaciones preservarían sus ganancias manipulando los precios, y reduciendo la tasa de
inversión e innovación. Evaluó que solo la competencia militar entre las superpotencias
evitaba un freno mayor del cambio tecnológico. Esta tesis, que asocia la concentración del
capital con el deterioro de la innovación, fue postulada por varios autores pos-keynesianos.
También Kalecki sostuvo, que la monopolización y el estrechamiento de los mercados
reducirían la tasa de innovación en el capitalismo maduro. Al igual que Steindl planteó un
enfoque claramente anti-kaldoriano del cambio tecnológico. En lugar de actuar como
dinamizadoras del capitalismo, las innovaciones servirían apenas para contrarrestar, el
debilitarmiento de la inversión, y la contracción de la demanda.

Otros autores pos-keynesianos y neoricardianos consideran, que en las alternativas de la
acumulación la innovación es afectada por el monopolio, y la distribución regresiva del
ingreso. Robinson , destaca el efecto negativo de la "competencia imperfecta", que
reduciría el espectro de técnicas disponibles, obstaculizando las rutas más auspicisas del
crecimiento. Pasinetti rechaza el optimismo kaldoriano, señalando que el progreso técnico
no es un mecanismo autónomo del crecimiento, sino dependiente de la distribución del
ingreso. El pesimismo tecnológico de Schumpeter es categórico, pero muy particular. Se
basa en los argumentos político-sociales de la burocratización y la extinción del empresario
innovador -que ya hemos analizado- y se distinguen por ello, de la fundamentación
económica que intenta el neokeynesiano.

FETICHISMO DE LA TECNOLOGIA Y DEL CAPITAL.

La "función de progreso técnico" de Kaldor se basa una generalización de la floreciente
coyuntura de posguerra. Presenta como un rasgo definitivo del capitalismo contemporáneo
la situación de las economías desarrolladas durante 1950-70. Kaldor reconoció, que su
análisis del dinamismo tecnológico se inspiraba en un contraste de este auge, con la crisis
del 30. Pero omitió señalar, que el "círculo virtuoso" que protagonizaron Europa y Estados
Unidos se explica por la depresión y la guerra, que previamente desvalorizaron y
destruyeron grandes masas de "capital sobrante". Esta depuración de capitales fue la base
de la reconstrucción posterior. El optimismo tecnológico kaldoriano extrapola a todo
capitalismo del siglo XX, el circunscripto "boom" de la posguerra.

Dobb señala correctamente, que la "función de progreso técnico" es una interpretación
armonicista y conservadora de las discusiones del crecimiento de la época. Frente a Harrod
y Domar, que destacaban el caracter intrínsicamente inestable de la reproducción, Kaldor
introdujo un supuesto de estabilidad, derivado del "dinamismo tecnológico". Desconoció
que este principio choca con el desequilibrio impuesto por la preeminencia del ciclo sobre
la innovación. El cambio tecnológico no puede estabilizar la acumulación, porque él mismo
depende de flucutuaciones periódicas que no se han atenuado, y de crisis que no han
desaparecido. Para instaurar un crecimiento firme, con rendimientos crecientes, y pleno
empleo, la "función de progreso técnico" tendría que independizarse del proceso de
valorización, y este divorcio es inconcebible.

Kaldor rechazó el equilibrio simplificador de los neoclásicos, pero postuló un optimismo
equivalente. Atribuyó al "progreso técnico" las virtudes de la "mano invisible", ignorando
que la innovación nunca puede operar como motor espontáneo de la acumulación. Visto
como un resultado de la inversión y la tasa de plusvalía, se puede entender porqué el
cambio tecnológico oscila con la valorización y la desvalorización del capital. Pero
imaginado como una corriente continua de innovaciones se torna incomprensible. Esta
visión es muy afin a las teorías endogenistas y gradualistas de la innovación, pero choca
con la evidencia de las revoluciones tecnológicas.

El optimismo tecnológico actual, evolucionista y keynesiano, solo recoge de Kaldor la
concepción teórica del dinamismo tecnológico, pero no su aplicación directa. Es evidente
que en la decada del 90, nadie puede suponer que la "función de progreso técnico" se basa
en el pleno empleo, o en la redistribución equitativa del ingreso. En otro trabajo hemos
analizado, porqué las nuevas tecnologías de la información se expanden, estancando el
nivel de los salarios, recreando un masivo ejército de reserva, y reduciendo el nivel de vida
de una gran parte de la población.

La moderación del optimismo tecnológico también refleja que el actual "progreso técnico",
lejos de asegurar la estabilidad de la acumulación, está permanentemente amenazado por el
sobredimensionamiento finenciero. En los últimos 15 años, todos los planes de inversión
tecnológica han estado pendientes de crisis bursátiles, imprevisibles y descontroladas.
Pero el principio de un "dinamismo endógeno" de la innovación, autonomizado de las leyes
de valorización del capital, persiste como el basamento teórico de los sucesores de Kaldor.

Defienden una concepción, que convierte a la tecnología en un fetiche, es decir en una
fuerza autónoma auto-impulsora de la acumulación. Bajo la "función de progreso técnico"
subyace esta asignación de facultades humanas a los objetos. En vez de notar, que la
innovación es siempre un resultado de las leyes de capitalismo, se transforma al
"dinamismo técnico" en el determinante de este sistema. En la concepción neoclásica, esta
mistificación de la tecnología deriva del endiosamiento del capital.

Tanto en la vertiente marginalista "exógena" como en la "endógena", el "progreso técnico"
es asimilado a un objeto que se acoplaría a otro objeto. El "factor tecnología" converge con
el "factor capital", en la satisfacción de los deseos de los consumidores y las posibilidades
de los productores. Esta conversión fetichista de relaciones sociales en parámetros técnicos
es particularmente evidente, en la caracterización del capital. Esta categoría equivaldría a la
maquinaría, y su cuantificación requeriría el establecimiento de un patrón de cálculo (la
tasa de interés), homogeinizador de la gran diversidad de bienes físicos.

Cómo a ningún neoclásico se le ocurre distinguir las cualidades materiales de un
instrumento de producción (valor de uso) de su expresión en valor (valor de cambio),
ignoran que el capital es una categoría exclusiva de este último campo. Representa una
relación social entre trabajadores y capitalistas, cuya cuantificación mensura la magnitud de
la plusvalía acumulada. "Medir el capital" no significa calcular, el acervo de máquinas
existentes, sino el grado de explotación de la fuerza de trabajo, presente y pretérito.
Esta mistificación domina todas las concepciones burugesas optimistas del cambio
tecnológico. Parten invariablemente de la caracterización del capital, como un "factor" de la
producción, que sería distinguible del otro "factor", denominado trabajo. En lugar de
considerarlos como dos polos de una misma relación, se los analizada como entidades
independientes. Se omite que el salario remunera el trabajo necesario para la reproducción
de los fuerza laboral, y el capital se acumula con el trabajo excedente, expropiado a este
mismo grupo social. El fetichismo produce la conversión de una relación de explotación
entre clases sociales, en dos "factores" con vida propia.

La transformación del "progreso técnico", en otro "factor" autónomo de las relaciones
sociales, es una simple extensión de esta inversión de la realidad. El fetichismo tecnológico
tiene creyentes que veneran la exogeneidad misteriosa de la tecnología, y fieles que alaban
su caracter endógeno o sub-incorporado a alguno de los "factores" de mayor jerarquía.

El fetichismo se asienta en la creencia, que el cambio tecnológico tiene la misión sagrada
de maximizar el beneficio. Esta exigencia histórica particular del capitalismo es
transformada en la norma general del progreso. Pero si la invención precedió al modo de
producción capitalista, también podrá subsistir a su extinción. El avance tecnológico no está
intrínsicamente obligado a servir al capital. Es falsa la identidad entre capital y tecnología,
e inexacta la creencia que el principio del beneficio permite seleccionar la tecnología más
adecuada para el crecimiento o el bienestar.

La elección de tecnologías podría realizarse para optimizar otros objetivos, como por
ejemplo el consumo y el crecimiento en una economía planificada; o el mayor salario
compatible con la reducción de la jornada de trabajo y el mantenimiento de la
productividad. El fetichista descarta estas posibilidades, porque estima que elegir la
innovación adecuada es una actividad inseparable de la ganancia.
La variante más ciega e ingenua del optimismo tecnológico supone que el capital, siempre
encuentra los instrumentos que necesita la "mano invisible", para armonizar la producción
y el consumo. La tecnología y capital marcharían invariablemente por el mismo carril,
siguiendo las indicaciones del mercado. Descubrir por el contario, que entre estos dos
"factores" existe una tensión estructural, que periódicamente deriva en crisis está fuera del
alcance de los fetichistas. La incompatibilidad cíclica entre los requerimientos técnicos y el
proceso de valorización, no es visible para estos economistas.

Por eso, ignoran el conflicto central, que opone al capital con la tecnología.

GANANCIA MAXIMA VERSUS OPTIMO SOCIAL.

La idea que "sin capital se extingue el cambio tecnológico" es considerada como un
principio universal, por todos los enfoques de la innovación en boga. Suponer que "la
competencia es indispensable para el progreso", o que "el beneficio es un requisito para el
desarrollo de nuevas tecnologías", constituyen sobreentenidos incuestionados de casi todas
las investigaciones académicas. Sin embargo, estas afirmaciones presuponen una
coincidencia entre la optimización técnica y social con la maximización de la ganancia, que
ha sido repetidamente desmentida por la historia del capitalismo. La norma ha sido más
bien la opuesta: el desaprovechamiento técnico y al desperdicio social, bajo la supremacía
del beneficio .

Los ejemplos abundan. Un laboratorio solo pone en circulación los remedios destinados a
los "enfermos solventes". El objetivo social de curar, o prevenir enfermedades está
subordinado al lucro de la empresa. La optimización técnica, que generarían la eliminación
de las marcas y envases de fantasía para asegurar la disponiblidad de remedios para todos,
es imposibilitada por la rivalidad de las patentes. El principio del beneficio es causante de
la drámatica situación sanitaria internacional. Según la ONU las 2000 millones de personas
que sobreviven en la pobreza absoluta, con ingresos inferiores a un dolar diario no tienen
acceso a la medicación básica. Incluso en Estados Unidos, hay más de 60 millones de
personas sin cobertura médica.

La economía burguesa muestra al capital impulsando la innovación, pero oculta la
sistemática infrautilización de las tecnologías provechosas, que amenazan el beneficio. El
patrón del lucro alienta la introducción de nuevos procesos de fabricación, que agravan de
la intensidad de la jornada laboral y la fatiga del trabajo. La robotización se introduce para
incrementar limitadamente la producción industrial, pero el temor a la saturación de los
mercados limita su extensión cualitativa. Los nuevos productos se lanzan a la venta sin
ninguna seguridad que serán adquiridos, y por eso la innovación deriva habitualmente en
sobreproducción. Esta situación de excedentes afecta actualmente a la casi todos los
sectores industriales. Ninguna de estas relaciones contradictorias, entre el capital y la
tecnología es percibida, por los autores neoclásicos y keynesianos.

Estudiar estas contradicciones, como "desajustes de los regímenes de acumulación" permite
a lo sumo entender porqué, una economía es más vulnerable que otra, a la conmoción
generada por el cambio tecnológico. Pero solo la visión marxista explica el origen del
fenómeno, e interpreta como se manifiesta en todos los "modos de regulación". El requisito
de esta comprensión es el rechazo de toda equivalencia entre la innovación y el capital. No
existe ninguna identidad entre los mejoramientos técnicos que se consuman en el proceso
de trabajo, y la relación social predominante en el capitalismo. Crear un nuevo producto,
ampliar la riqueza material, o desarrollar nuevas tecnologías, no es sinónimo de propiedad
privada, trabajo asalariado, competencia, y beneficio. Son fenómenos distintos, aunque
aparezcan uniformados en la reproducción.

Para alcanzar su óptimo, las nuevas tecnologías necesitan funcionar, enlazar
adecuadamente los requerimientos materiales, y operar con organización y eficacia. El
capitalismo somete estos objetivos al vaivén de la tasa de ganancia, y esta dependencia
impone la paralización prematura -o la prolongación artificial- del ciclo de vida de las
nuevas tecnologías. La expectativa de lucro, y la demanda solvente, que determinan los
parámetros de fabricación, son al mismo tiempo causantes de las interrupciones periódicas
que sufre la producción y el consumo. Una barrera opone por lo tanto, a la optimización
técnica y a la satisfacción de las necesidades sociales, con el gobierno del beneficio.

La visión neoricardiana no supera, la falsa indentidad neoclásica entre la maximización del
beneficio y la optimización técnica. Aunque refutan los argumentos marginalistas, aceptan
que la ganancia constituye el único orientador eficiente de la innovación. Solo critican -
como los keynesianos- la aplicación simplista de este principio, y el irrealismo de la
competencia perfecta.

Los neoricardianos no logran construir una concepción alternativa de la innovación, porque
su teoría del capital es dependiente de los neoclásicos.

J.Robinson distingue a la maquinaria de los derechos capitalistas derivados de la propiedad
privada, pero acepta la necesidad de una remuneración a la función que cumplirían los
capitalistas. Sraffa ni siquiera establece una relación entre el beneficio y la explotación, y
considera al "excedente" como un sobrante físico sin ninguna conexión coercitiva con la
extracción de plusvalía. Esta justificación del beneficio les impide observar, los
antagonismos existentes entre el capital y la tecnología. El capital es presentado como un
objeto, la ganancia no tiene explicación, y el cambio tecnológico aparece como una función
de estas variables. Cuestionadores de los neoclásicos y ajenos al optimismo tecnológico de
Kaldor, los neoricardianos carecen de un enfoque alternativo de la innovación .
Con distintos matices, las teorías que identifican el capital con el cambio tecnológico,
diluyen la diferencia entre relaciones sociales y técnicas. Todas ignoran que la innovación
es una actividad concretada por ingenieros, y operarios calificados en el proceso de trabajo,
sin ninguna necesidad de normas de beneficio. El capital usufructúa de esta actividad, por
la atribución que otorga la propiedad privada de los medio de producción. Pero no es
ningún requisito del progreso tecnológico.

Partiendo de estos principios, el enfoque marxista subraya las contradicciones entre el
capitalismo y la innovación, y las estudia superando el interés excluyente por la
"productividad" y la "competitividad", que domina actualmente entre los investigadores. El
marxismo analiza de qué forma, la innovación oxigena la reproducción del capital,
socavando su continuidad. Con este criterio dialéctico polemiza con las distintas variantes
del optimismo tecnológico.

ESTANCAMIENTO E INNOVACION.

La visión pesimista de la innovación presenta un enfoque crítico del capitalismo, y detecta
rasgos de este sistema, que sus adversarios habitualmente ignoran. El principio que el
capitalismo contemporáneo tiende al estancamiento ha servido para comprender el
funcionamiento del monopolio, el papel del estado y el gasto militar en el ciclo, y la
influencia del achatamiento de la demanda sobre la acumulación. Las ventajas de esta
percepción, frente al optimismo superficial son evidentes.

Sweezy señala correctamente, que esta linea de análisis ha sido relegada, por la aversión
natural que provoca el estancacionismo entre la burguesía. Entraña planteamientos
perturbadores, que son mal recibidos en el universo académico. El pesimismo tecnológico
se desenvolvió bajo el perdurable impacto de la crisis del 30, y reapareció en numerosas
oportunidades. Pero actualmente, el deslumbramiento que producen las nuevas tecnologías
de la información, ha reducido su audiencia.

El estancacionismo parte de la cartelización, y de los acuerdos entre trusts para postular,
que el monopolio sofoca la innovación. Pero esta demostración desconoce la continuidad
de la competencia monopólica. La impresión que produjo en la pos-guerra, el control
monopólico estadounidense del mercado mundial es para Howard el origen de este
encandilamiento, con la capacidad de dominio de las grandes corporaciones. En la
actualidad, es evidente que las posibilidades de los grandes compañías para frenar la
innovación, son mínimas. Todos los estudios pos-keynesianos sobre los "mercados de
precios fijos", las "barreras de entrada", y los "acuerdos corporativos sobre el margen de
ganancia" , no refutan el peso de la compulsión innovadora en la actividad de las
corporaciones.

La "competencia imperfecta" no se limita a diferenciar productos, ni a incidir sobre las
cantidades manteniendo los precios. Se desenvuelve esencialmente por medio de la
rivalidad tecnológica, que reduce las posibilidades de ocultamiento o demora, en la
aplicación de las innovaciones. La actual oleada de mega-fusiones en el área de la
informática por ejemplo, dirime quién controlará las rentas tecnológicas, manejará el ritmo
innovador, o inducirá los mercados. Pero no está en juego, la alternativa de frenar en forma
absoluta el cambio tecnológico.

Para numerosos estancacionistas, el "progreso técnico" se habría desplazado de la economía
a la esfera militar. En otro ensayo hemos señalado, que efectivamente esta órbita se ha
transformado, en el insoslayable campo de pruebas de cualquier innovación radical. Los
estados financian la experimentación bélica de nuevas tecnologías, que posteriormente se
trasladan a la producción y al consumo masivo.

Pero la unilateralidad estancacionista radica en suponer que la esfera militar se ha vuelto
autónoma, y sustituye -en lugar de complementar- a la acumulación capitalista. No existe
una competencia tecnológica militar, que reemplazaría el freno a la innovación civil. Rige
una estructura de vasos comunicantes entre los dos sectores, regulada por el principio de la
ganancia.

Hansen consideró que el capitalismo contemporáneo ya no generaba innovaciones, capaces
de ensanchar los mercados en la misma proporción que el vapor, el ferrocaril, o el
automóvil. Esta previsión fue retomada por numerosos economistas, y es actualmente
discutida en la evaluación del significado histórico de las nuevas tecnologías de la
información. Aunque la controversia no está zanjada, el principio estancacionista de
considerar a las revoluciones tecnológicas como un acontecimiento del pasado es
equivocado. Estos fenómenos están incorporados a la dinámica interna de la acumulación, y
son característicos del capitalismo en cualquier etapa.

El estancacionismo está muy asociado a las teorías subsconsumistas, que atribuyen el
debilitamiento de la innovación, a la contracción del poder adquisitivo. En la reseña que
Bleany traza de estas concepciones, la insuficiencia creciente de la demanda, aparece como
la explicación predominante del pesimismo tecnológico. Particularmente Kalecki , pone el
acento en la influencia de la crisis de realización sobre la innovación. Sin embargo este tipo
de depresión no es sinónimo de estancamiento, ni incide en forma tan directa e inmediata
sobre el cambio tecnológico, como el proceso de valorización.

El pesimismo tecnológico presenta descripciones adecuadas de ciertas fases de la crisis,
pero desconoce que la innovación es una característica intrínsica de la acumulación. Si las
crisis existen es por el desarrollo de los cambios tecnológicos, no por su ausencia. Magaline
formula esta acertada crítica al estancacionismo. Si el capitalismo lograra frenar el
"progreso técnico", conquistaría una fuerza reguladora mucho más eficaz, que todas las
políticas anticíclicas conocidas. Pero esta capacidad de control no existe, ni podrá
construirse mientras la ley del valor gobierne la producción y el intercambio de las
mercancías.

En la interpretación marxista el estancacionismo no es factible como un fenómeno
estructural, porque el cambio tecnológico obedece a la lógica interna de la acumulación.

Sin la introducción permanente de nuevas tecnologías, no hay forma de aumentar la
extracción de plusvalía, que requiere cada empresario para mantenerse en el mercado frente
a su competidor. El capitalismo contemporáneo no padece estancacionismo, sino una
pérdida de fuerzas interiores para la acumulación. Esta es la adecuada caracterización que
formula Mandel . En su fase actual el capitalismo exige estímulos artificiales, basados en
intervencionismo estatal, el militarismo, y la deuda pública, que no necesitaba en su etapa
de ascenso histórico. El incremento estructural de estos auxilios extra-económicos, no
obedece al freno del cambio tecnológico, sino por el contrario al caracter inmanejable de la
aceleración de las innovaciones.

VALORIZACION Y TECNOLOGIA.

El optimismo niega la existencia de obstáculos a la innovación, o proclama que el
"dinamismo tecnológico" resuelve estos inconvenientes. El pesimismo sostiene, en cambio,
que la estrechez de los mercados actúa como un freno absoluto de la innovación. Ninguno
de los dos enfoques, considera relevante la relación entre el cambio tecnológico y el
proceso de valorización. En el primer caso, porque la propia innovación aseguraría el
mejoramiento de la tasa de ganancia, y en el segundo porque las dificultades del "progreso
técnico" estarían situadas en los mercados, y no en el plano del beneficio.

La evolución de la tasa de ganancia es sin embargo, una variable central de la teoría de la
innovación. El beneficio esperado es el factor determinante la inversión, y el indicador que
toman los empresarios, para decidir la introducción de nuevas tecnologías. Qué lo
técnicamente viable deba ser económicamente factible, significa que en el capitalismo se
desechan todas las tecnologías que no auguren beneficios. Y esta relación implica, que el
cambio tecnológico está atado al movimiento de la tasa de ganancia.

El enfoque marxista presta particular atención a esta conexión, porque postula la existencia
de una tendencia decreciente de la tasa de beneficio, que somete al cambio tecnológico a un
desenvolvimiento periódicamente convulsivo.

La caída de la tasa de ganancia no es un episodio fortuito, sino un efecto de la acumulación,
que actúa incrementando la inversión en maquinarias y materias primas (capital constante),
en desmedro de los pagos de salarios (capital variable). Se produce la elevación de la
composición orgánica del capital, y la consiguiente reducción de la tasa de beneficio. Como
la proporción de trabajo vivo en comparación al trabajo muerto se contrae, también se
achica la incidencia del trabajo humano directo, que es la única fuente de creación de valor.

Es un proceso objetivo desenvueltlo por el cambio tecnológico. Las innovaciones que se
introducen para incrementar el lucro, terminan provocando el decrecimiento de este
beneficio.

Bajo el capitalismo se requiere por lo tanto, un volumen de inversión en maquinaria cada
vez mayor, para mantener la misma tasa de ganancia. Buscando incrementar el beneficio
mediante la incorporación creciente de nuevas tecnologías, la competencia capitalista
provoca el efecto opuesto. Existen fuerzas contrarrestantes de este decrecimiento del
beneficio, como el incremento de la tasa de plusvalía, la reducción del salario, el
abaratamiento del capital constante, las ganancias extraordinarias en la inversión externa,
los monopolios, o la mayor velocidad de rotación del capital. Pero ninguna de estas
acciones permite neutralizar la retraccíon de la tasa de ganancia. El cambio tecnológico
termina imponiendo la disminución relativa del trabajo vivo, y la indefectible reducción del
porcentaje de lucro que obtienen los capitalistas con sus inversiones.

El análisis del cambio tecnológico no requiere ningún presupuesto pesimista u optimista,
sino un estudio de la relación entre la innovación y la tasa de ganancia en el ciclo. Marx
investigó desde este ángulo el cambio tecnológico, considerando que la tendencia
decreciente de la tasa de ganancia constituye la ley más importante de la economía política,
ya que revela el principal obstáculo que enfrenta la auto-valorización del capital. Explica de
qué forma las crisis periódicas son auto-generadas por la innovación. El cambio
tecnológico es el principal artífice del incremento de la composición orgánica, que provoca
la depuración de los capitales, y el freno cíclico del proceso innovador.

Algunos economistas neoclásicos aceptan la existencia una disminución tendencial del
beneficio, bajo la forma de "rendimientos decrecientes", pero desconectan este fenómeno
del aumento de la composición orgánica del capital. Cuando intentan traducir esta última
categoría al lenguaje marginalista, pretenden desmentir y no corroborar, la existencia de
una tendencia decreciente de la tasa de ganancia .

Los principios neoclásicos han sido también utilizados por otros autores, para cuestionar la
existencia de un impacto negativo de la innovación, sobre la tasa de beneficio. Elster
retoma la objeción que formuló Okishio, afirmando que no es racional suponer, que los
propios capitalistas introducirán técnicas que afecten la maximización de sus ganancias.
Pero precisamente esta conducta, demuestra que la compulsión competitiva que guía la
innovación, opera irracionalmemente .

Actuando racionalmente en la búsqueda de mayores ganancias individuales, los
empresarios deterioran la tasa global de beneficio, y afectan los intereses colectivos del
capital. Esta contradicción está enraizada en el funcionamiento del capitalismo. Para el
razonamiento formalista resulta inexplicable, que la elevación del lucro particular
disminuya la tasa de ganancia general. No captan la dialéctica de la innovación en este
plano, ni en ningún otro terreno.

EXISTE UNA TENDENCIA DE LA TASA DE GANANCIA ?

La existencia de una tendencia decreciente de la tasa de ganancia, que condiciona el rumbro
del cambio tecnológico es objetada por keynesianos y neoricardianos. Sostienen que alguna
de las fuerzas contrarrestantes de la propia tendencia compensaría la caída del beneficio,
tornado indefinido el resultado final. Para J.Robinson por ejemplo, un incremento de la tasa
de explotación de los trabajadores neutralizaría la elevación de la composición orgánica.

Pero este aumento de la extracción de plusvalía, nunca podrá traspasar ciertos límites
físico-biológicos. En cambio, estas mismas restricciones no afectan la introducción de
maquinaria. Por eso ninguna "super-explotación" alcanza para contrapesar, el incremento
del capital constante en la acumulación.

Steedman recurre a otro cuestionamiento, que fue desarrollado anteriormente por los
marxistas Meek y Mozkowska. Con el mejoramiento de la productividad, el capital
constante se expande pero también se abarata. El efecto de estos dos procesos sobre la
composición orgánica, quedaría entonces indeterminado. La proporción de maquinarias y
materias primas en el producto sería mayor, pero también menos costosa. Del aumento de
la composición técnica, no surgiría ninguna elevación necesaria de la composición
orgánica. Partiendo de este argumento, Hodgson sostiene que la tendencia decreciente de la
tasa de ganancia es "fatalista" y "mecanicista". El supuesto keynesiano de una variedad de
cambios tecnológicos se nutre también de esta observación. Al no estar orientadas por
ninguna tendencia de la acumulación, las innovaciones podrían ser "ahorradoras de
trabajo", "neutrales", o "ahorradoras de capital". Muchos autores (Morishima, Herrteje,
Bresser) han fusionado en una tesis única de indeterminación del cambio tecnológico, las
objeciones a la ley de Marx, con la tipología del "progreso técnico" de Hicks.

Pero el divorcio radical, entre la evolución de la composición técnica y orgánica, que
postulan keynesianos y neoricardianos, no es muy defendible. Ciertamente ambas
categorías no siguen trayectorias idénticas, pero el apabullante incremento de la proporción
de capital fijo y materias primas en la producción, no podría traducirse en un efecto opuesto
en el plano del valor. Resulta esperable que el valor de la nueva maquinaría sea
proporcionalmente inferior a su gravitación física. Pero esta compensación atenúa el efecto,
no lo elimina ni lo revierte.
Los neoricardianos omiten, que si el capital constante se abarató es porque hubo una
inversión previa en capital fijo, que elevó la masa total del trabajo muerto en relación al
trabajo vivo. Y si las materias primas también se abarataron es porque su produccción se
industrializó, sufriendo una transformación semejante. Harvey sostiene correctamente, que
ninguna modalidad del cambio tecnológico podría obstruir estas tendencias. Por eso, la
innovación vehiculiza el incremento de la composición orgánica, e induce la caída de la
tasa de ganancia.

Ningún "fatalismo" domina el reconocimiento de esta tendencia. Marx no la expuso bajo
una impresión exagerada del maquinismo, ni por admiración a los rendimientos
decrecientes de Ricardo. Realizó una deducción teórica de las leyes de la acumulación, que
ha sido empíricamente corroborada, a través del costo decreciente de la mano de obra, en
los gastos totales de producción. Shaik ha recopilado importantes evidencias de este
fenómeno.

Los cuestionadores del principio marxista, no ofrecen ninguna explicación alternativa del
caracter internamente convulsivo del cambio tecnológico, bajo el capitalismo. En cambio,
la tendencia decreciente de la tasa de ganancia demuestra porqué la innovación está atada al
vaivén del ciclo, y al freno periódico de la crisis. Como ha demostrado Mandel , no se trata
de una declinación absoluta que impediría en un punto la valorización del capital, sino de
un movimiento rector de los procesos de acumulación y estancamiento de largo plazo. Si se
pretende descubrir cual es la lógica del cambio tecnológico en el capitalismo, resulta
imprescindible asociarlo a este fenómeno.

Los neoricardianos prefieren establecer una relación puramente externa, entre la innovación
y el comportamiento de los salarios y las ganancias, como si los acontecimientos de la
distribución dominarán los sucesos de la producción. Confunden lo esencial con lo
accesorio. Es equivocado anteponer la influencia secundaria del nivel de los salarios, al
papel primordial de la acumulación en el cambio tecnológico. Desconociendo como opera
la composición orgánica, y que orientación establece para la tasa de ganancia, no puede
construirse una teoría de la innovación. El caracter contingente que Hodgson le asigna a la
tasa de ganancia, proviene de su rechazo de las categorías trabajo vivo y muerto, que
fundamentan el efecto del capital constante y variable sobre la composición orgánica del
capital. Hogdson señala que estas nociones presuponen una fractura temporal inexistente,
entre el trabajo pasado y actual. En cambio el concepto "trabajo fechado", que utiliza Sraffa
para construir la cadena de ouputs-imputs, evitaría esta inadecuada división.
Pero la diferencia entre trabajo vivo y muerto es enteramente cualitativa, ya que pretende
subrayar que tipo de trabajo crea valor, y cual se limita a transferirlo.

Es una clasificación congruente, con la idea que el trabajo abstracto asalariado es la única
fuente de plusvalía. Hogdson la rechaza porque objeta esta conclusión, considerando que la
plusvalía es un simple "sobretrabajo", que no se acumula en capital, ni se encuentra
coercitivamente asociado al "excedente". La controversia sobre la tendencia de la tasa de
ganancia dirime por lo tanto, cual es la teoría del valor pertinente para explicar todo el
funcionamiento del capitalismo. Las conclusiones sobre el cambio tecnológico son apenas
extensiones de este debate.

El esquema neoricardiano deja grandes interrogantes, sobre la determinación de las
variables distributivas -salario y tasa de ganancia- que orientarían el cambio tecnológico. El
salario es presentado como un resultado exclusivo del poder de negociación de los
trabajadores, y la tasa de ganancia queda auto-explicada. Guillén describe y crítica, las
cuatro alternativas de esta interpretación del beneficio. A veces surge de la tasa de interés,
sin saber como se define esta variable, y en otras ocasiones proviene de un lucro "normal",
que tampoco se sabe quién lo establece.

Otra explicación, supone que la tasa de ganancia refleja un poder de negociación de los
capitalistas externo a la acumulación; y la última variante, coloca al beneficio como una
función de la tasa de crecimiento y la propensión al ahorro de los empresarios. Pero en este
caso es un misterio, cual es la fuerza que estimularía el desarrollo de estas variables. Para
los capitalistas, la tasa de beneficio es una condición de la inversión, el crecimiento y el
ahorro. Y no emerge de una ecuación, sino de la explotación de los trabajadores. Los
neoricadianos carecen de una teoría del origen y la dinámica del beneficio, y por eso no
logran construir un enfoque alternativo a la visión marxista de la innovación.

EMANCIPAR LA TECNOLOGIA DEL CAPITAL.

El enfoque marxista no es optimista, ni pesimista. Estudia objetivamente el cambio
tecnológico, como fenómeno social, dependiente de las leyes del capital, y de las tendencias
de la acumulación. Rechaza la creencia fetichista del "progreso técnico", como un
dinamizador autónomo del crecimiento, pero tampoco acepta la visión estancacionista
opuesta, que desconoce la incapacidad del capitalismo para controlar sus propias fuerzas
innovadoras.

El marxismo observa al cambio tecnológico desde una perspectiva histórica, notando sus
contradicciones con el predominio de la propiedad privada de los medios de producción. En
el capitalismo, la innovación es un proceso convulsivo guiado por la ley del valor,
impulsado por la explotación del trabajo asalariado, y enfrentado al conflicto entre la
optimización técnica y la maximización de las ganancias.

El cambio tecnológico orientado por la acumulación conduce a la crisis. Esta es la principal
conclusión del enfoque marxista. Las innovaciones que potencian inicialmente la
valorizacion del capital, redistribuyendo las ganancias en favor de los empresas más
innovadoras, generan caídas periódicas de la tasa de beneficio, que producen desocupación,
quebrantos, y pobreza.

En el capitalismo, la competencia por innovar impone la fabricación de una masa de
productos, muy superior a la capacidad de absorción de los mercados. Por ello, el cambio
tecnológico precipita la sobeproducción, y bloquea la realización del valor mercantil de los
bienes.

Estas crisis de valorización y realización, demuestran que las fuerzas productivas están
encerradas por las relaciones de producción. La generación de valores de uso enfrenta las
restricciones del mercado y del beneficio. En el capitalismo, la condición para el progreso
tecnológico es la consumación de ciclos desvalorizadores de capital "sobrante". Este
requisito impone a la innovación, una norma destructiva, que se reitera periódicamente.
Como la magnitud de las crisis es proporcional al desenvolvimiento alcanzado, a cada etapa
de pujanza innovadora le sucede una depresión, que incuba nuevos desenvolvimientos y
mayores recesiones.

Encontrar la forma de sustraer el cambio tecnológico de esta dinámica derrochadora es el
gran desafío actual. El mayor problema no estriba en hallar mecanismos de intensificación
de la innovación, sino en reorientar el uso de las nuevas y las viejas tecnologías, al servicio
de la población. El objetivo es lograr que las innovaciones impidan el desempleo, eviten la
ociocidad de las plantas fabriles, faciliten la reducción de la jornada de trabajo, y satisfagan
las necesidades básicas de alimentación, vivienda, salud, y educación de los trabajadores.

En un próximo ensayo explicaremos, porqué estas metas requieren la planificación
democrática y socialista de la economía. Un gran acierto de Marx, como pensador de la
tecnología, fue esbozar los principios del sistema que permitirá fusionar a la innovación con
la emancipación social.

Problemas del desarrollo, n 113, abril-junio 1998, México

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